4. Toques de campanas
Cobijadas en torres y espadañas de iglesias, santuarios, monasterios y ermitas, las
campanas extienden por todos los rincones el sonido avisador de los oficios religiosos.
Pero en otro tiempo, el toque de las que poseían las iglesias implicaba una función
comunitaria mucho más amplia y determinante, pues a los de alba, Ángelus, misa,
Ánimas, Rosario, novenas, catequesis, viáticos, funerales, exequias, misas de cabo de año,
bodas, nacimientos y bautizos, se sumaban aquellos otros de carácter social que también
regularon la vida de los pueblos en lo cotidiano y en lo excepcional. La importancia de las
campanas fue tan relevante, que resultó necesario instituir el oficio de campanero. No
obstante, a falta de éste, el sacristán, los monaguillos o los propios vecinos se encargaban
de hacer los toques, mientras que el día de la fiesta grande era asunto de los mozos.
Según fuese el diseño del yugo que
hacía posible su instalación, hay campanas
fijas y móviles. Las primeras se hacen
sonar únicamente a “badajo”, es decir,
accionándolas con una cuerda o cadena.
Cada golpe constituye lo que se llama una
badallada. También pueden tocarse por
medio de un veloz y diestro “repique”. Las
móviles, al poder girarlas 360º sobre su
eje, permiten tocarlas a “volteo”, esto es,
“echándolas al vuelo”, para lo que hace
falta fuerza por parte de los mozos, que
eran y son los encargados de hacerlas
girar, impulsándolas desde la melena del
armazón del yugo. En el caso de no poder
“voltearlas”, se bandean, esto es, moverlas
en un ángulo no superior a 90º. Cuando
no hay badajo, los toques se efectúan
mediante golpeo exterior, para el que
los tañedores con frecuencia emplean
Campanero. Cubillas de Arbas
14
una piedra. No obstante, si cada
campana tiene su sonido, cada
campanero tiene su “mano”, sobre
todo a la hora de “repicar”, al igual
que cada pueblo, posee sus propios
“toques”.
En cuanto a los toques de índole
concejil, uno de los más peculiares
fue el de “nube” o “nublo”, con
el objeto de conjurar y ahuyentar
las tormentas, empleándose una
conocida regla nemotécnica que
marcaba el ritmo y que era como
sigue: “Tente nube / tente tú / que más puede / Dios que tú”. En algunos pueblos de
Omaña la campana se ponía boca arriba después de hacer este toque, amparándose en
la creencia de sus poderes casi mágicos, reforzados por la sacralidad del instrumento
y por la protección que suponía haber sido bendecida bajo alguna santa advocación,
especialmente la de Santa Bárbara. También en la comarca omañesa se tocaban con un
fin previsor, de modo que los primeros viernes desde marzo a mayo se hacían sonar antes
del amanecer. En Ferreras y Morriondo las Ordenanzas establecían que desde el primero
de marzo hasta el día de Nuestra Señora de Septiembre, cada vecino estaba obligado a
“tocar a truena” antes de que saliese el sol, con el objeto de proteger las cosechas.
Si los toques religiosos y de difuntos han permanecido en mayor número de casos,
aquellos que obedecían a la función social que determinaban los Concejos, se han ido
diluyendo en el silencio, en un silencio que también empieza a ser olvidado.